Texto de Nico Nikola

Una vez más, los invito a sumergirse en las oscuras y muchas veces gélidas aguas de la industria que ha de parir aquello que nos apasiona y convoca: el automóvil.

Esta vez les propongo explorar el Lado B, el costado menos sexy y muchas veces polémico del negocio de la automoción. Sé que ninguno de ustedes es tan ingenuo como para creer que los autos se diseñan y fabrican porque son “lindos”, despiertan emociones y además muestran el “estado de arte” en evolución tecnológica.

En tal caso, son todo eso y más, pero el objetivo primordial siempre será una vocación empresarial: ganar dinero y hacer crecer el valor de los negocios. Cuando hablamos de valor, debemos considerar que el único realmente importante es el valor bursátil, que quiere decir nada más y nada menos que haberse ganado el favor de los accionistas.

Si bien está lejos de ser mi especialidad, desde hace un tiempo he sentido curiosidad por analizar la evolución de las acciones de aquellas empresas que cotizan en Bolsa, especialmente en la NYSE (New York Stock Exchange).

No lo hago porque me sobre el dinero para invertir ni porque me interese desgranar la lógica de los mercados, sino porque muchas veces sólo allí se encuentra una explicación a aquellas decisiones que un fabricante ha tomado y que muchas veces desafían el racional del hombre común (sea o no un aficionado).

Los movimientos bursátiles no lo explican todo ni mucho menos hablan de una brillante estrategia, aunque podrían anticipar movimientos cuyo resultado se vuelve visible cuando el fruto ha llegado al salón de ventas.

Con la intención de aprender y explorar aquello que se conoce como “análisis de mercado” siendo el fundamental y el técnico aquellos que ofrecen más tela para cortar, me he suscripto a algunos newsletters, sigo algunos analistas y estudio semanalmente un portafolios que he seleccionado especialmente por estar relacionado con el negocio de la movilidad.

Si alguno quería conocer mi costado masoquista, ya lo ha hecho, ya no es un secreto. A riesgo, sino certeza de aburrirlos con los siguientes párrafos, les sugiero una cuota más de paciencia, porque lo que viene sin duda los dejará pensando.

Es inusual que un broker recomiende comprar una acción de una automotriz, al menos que hablemos de Tesla (TSLA) o de la debutante Lucid (LCID). Recientemente hemos podido observar cómo las marcas chinas Nio (NIO) o Xpeng (XPEV) mostraban un techo, invitando a una toma de ganancias y una posterior caída de la cual no se recuperan aún (la timba al rojo vivo).

En cuanto a la industria tradicional, no he visto en muchos meses una recomendación de compra tan clara, consistente y enfática como la movida que hemos visto en estos días alrededor de Ford (F).

¿Una serie de eventos desafortunados? Hace cuatro años todos escuchamos al presidente de Ford, Bill Ford, decir en una entrevista en CNBC que el negocio de su compañía no es ni será nunca más el de diseñar y construir autos: el negocio de la empresa fundada por su bisabuelo es ahora el negocio del software. Nadie duda de que aquel discurso fue una provocación, sin embargo no ocultaba una nueva declaración estratégica que había que decodificar.

Cuando en enero de 2021 se anunció el cierre de las plantas en Brasil (Camacari, Taubaté y Troller, tiempo antes se habría desactivado la producción de San Bernardo do Campo) y la consecuente pérdida de 5.000 puestos de trabajo, sólo hablando de los directos, todos nos sentimos apesadumbrados y conmocionados, pero no debimos sorprendernos.

La compañía americana llevaba varios años anunciando y soportando perdidas en la región. La nueva y creciente necesidad de caja, detrás de las transformaciones que ya se anunciaban para toda la corporación, no permitirían sostener esta situación por mucho tiempo más. Y así fue.

En 2017, Ford ya había comunicado la perdida de interés de la marca en autos medianos o chicos. Y había anticipado que el foco sería puesto en vehículos comerciales y utilitarios, además de la creciente familia de crossovers y SUVs. Todo comenzaba a alienarse y a cerrar.

Hasta aquí, una secuencia lógica y predecible. En diciembre del 2020, Ford puso a la venta el Mustang Mach-E, una SUV de grandes dimensiones, con carácter deportivo, que se posicionaba como un vehiculó de alta performance cuyo precio arrancaba en 42.985 dólares y con una autonomía de rango de uso de 490 kilómetros. Nada mal para un peso pesado.

Con un volumen modesto en principio, muchos -incluyéndome- fuimos escépticos en términos de la rentabilidad del proyecto. Casi al unísono, Ford lanzaba la F150 Lightning y anunciaba la Transit-E con idéntica motorización, doblando la apuesta y mostrando inteligencia y autoconfianza.

En julio de este año el Mach-E mostraba crecimiento secuencial de 15,8% y la Agencia Bloomberg confirmaba utilidades positivas para este modelo, incluso antes de lo esperado. Luego de una pérdida de 800 millones de dólares debido la pandemia, Ford anunciaba ganancias estimadas de 10 mil millones de dólares, liderando la recuperación en el mercado. Comenzaban las buenas noticias.

Desde 2014 hasta 2020, la acción de Ford se mantuvo en un canal bajista llegando a mínimos históricos, con valores por debajo de los siete dólares por acción. A partir de ese momento, hubo un quiebre comenzando una recuperación sostenible, formando un canal alcista y llegando a superar los 16 dólares en junio de 2021.

Luego de “tomar carrera”, se espera que encuentre una resistencia en torno a los 18 dólares. Hoy se recomienda comprar en valores cercanos a las 11.50 dólares, estando temporalmente a la baja. Sólo es cuestión de contar con ahorros y setear la página o aplicación del broker “a la compra”, con ese valor límite. Parte de esa baja se explica por la crisis de suministro de semiconductores, lo cual afecta a toda la industria, siendo de todos modos los resultados del segundo semestre superiores a los pronosticados, que ajustan el plan hacia arriba en 3.500 millones.

No hay duda de que hablamos de una automotriz exitosa y esto le asegura por algún tiempo un círculo virtuoso de generación de caja, pago de dividendos que se espera para enero de 2022 y la consecuente capitalización esperada.

Cuando revisamos los valores estimados de capitalización para 2030 se estima que la marca del Óvalo recibirá unos 55 mil millones. Lejos de Tesla (quien duplica las de Toyota y VW), pero mostrando una salud financiera inédita resultante de una estrategia acertada y producto de una reconversión a tiempo, siendo mérito del board, quien supo despertar al gigante de Dearborn.

Estos recursos deberán ser responsablemente invertidos, para lo cual ya ha comunicado un aumento del 70% en la producción de baterías. Así lo anuncio el Chrief Finance Officer, John Lawler.

El círculo comienza a cerrar.

Recientemente, Ford anunció el cierre de sus plantas en India y discontinuó definitivamente la EcoSport. ¿Culpable o inocente?

Tesla va por la conquista del espacio con Space X, mientras Ford no abandona su “core business”: la movilidad. Por eso, anunció que va por más y firmó un acuerdo con Google para que en 2023, los modelos de Lincoln y otros autos del Óvalo puedan usar la capacidad de la “nube” del gigante de Silicon Valey. De esta manera, aumentará la capacidad de su software en la carrera por la conducción autónoma.

Son hechos concretos que confirman el rumbo. Es coherente con los resultados financieros, las expectativas de entrega de dividendos y el crecimiento del valor de la acción. Los autos eléctricos despegan a las automotrices de las oscilaciones del valor del barril de petroleó. Esto arroja predictibilidad y resta volatilidad al desengancharse de los valores excesivamente cartelizados de los hidrocarburos.

Como ven, todo tiene que ver con todo y detrás de nuestros amados juguetes existen los más sofisticados recursos de ingeniería financiera: “El negocio, primero”.

Mientras así sea, la continuidad del sector está asegurada.

No se preocupen: también me siento abrumado. Será por eso que, cada vez que puedo, resisto en silencio detrás del volante de un auto clásico.

Lejos de Wall Street. Y más cerca del cielo.

N.N.

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