Texto de Ariel Basile (@ArielBasile)
Ilustraciones de Luis Ferrera (@LCBernalo)
Artículo publicado originalmente en la Revista Miura

1.
“Debe ser un error, mire de nuevo: Octavio Pizarro.” Actué cara de fastidio, como de ejecutivo importante. De lejos, tres de la Logia murmuraban de frente a la escena. Ellos ya habían cruzado la puerta y estaban adentro para la presentación del sedán de la marca europea. Festejaban mi derrota por anticipado. Pero lo que no sabían (tampoco yo) era que contra las cuerdas el instinto de supervivencia también te regala una mano ganadora. Entra una de cada cien; o cada mil. Y esa vez entró.

Reforcé mi tono peruano: “No me vinieron a buscar al aeropuerto, vaya y pase… pero esto ya es demasiado. Mucho gusto, señorita”, me interrumpí cuando se acercó al control una empleada de la empresa, quien no lograba entender la situación. La chica, una joven que aparentaba dar sus primeros pasos en la firma, llamó con la mirada a quien era su superior, un mando medio que deambulaba por la recepción del hotel céntrico. Lo reconocí, porque vivir de cóctel en cóctel requiere hacer un estudio previo, saber quiénes presentan qué. Antes de que hablara, dije: “Esto no puede ser. Soy Octavio Pizarro, Brand Manager Latin America and Caribe. Llegué desde Brasil hace dos horas y ni siquiera me tienen registrado. Voy a llamar a Jean Paul. Es una vergüenza…”. Jean Paul Domaine era el CEO desde hacía un mes, enviado desde París para hacer rentable a la filial argentina; rentabilidad que venía de la mano de una pila de telegramas de despido. Quizás por eso, por tantos telegramas que buscaban destinatario, el gerente me tomó del brazo, con pavor. “Señor Pizarro, le pido mil disculpas. Ya lo solucionamos, ¿pudo hacer el check-in?”.

Se dirigió a la recepción. Fui tras él. La empleada del hotel también se disculpó por no haberme dado antes la habitación que en verdad yo nunca había pedido. Luzuriaga, ese era su apellido, volvió a rogar perdones y me indicó que podía subir a ponerme cómodo, dejar mis cosas, descansar unos minutos. “Falta un rato aún para que empiece el evento”, me dijo. Antes de subir al ascensor miré de reojo hacia la entrada del salón. Los de la Logia del Canapé no me sacaban la vista de encima. Petrificados, con visible pasmo, no atinaron siquiera a manotear el shot de ceviche que pasaba delante de sus narices.

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2.
Meses antes mi vida transcurría del otro lado del mostrador en un trabajo más o menos digno: mozo en una empresa de catering. Me tomaron ni bien llegué al país desde Perú, de donde nunca había salido en mis 35 años. Tras recomendaciones de un primo, mozo también, el dueño me ofreció empleo casi al cruzar migraciones. Sin recibo de sueldo, sin aportes, sin un dejo de legalidad. Pero recién llegado y con tantos fracasos a cuestas era una buena opción. Al año ya dominaba el rubro y tenía un olfato sorprendente para saber quién era merecedor de un trato cordial y a quiénes atender como a poligrillos, categoría en la que entraba la Logia del Canapé.

Son tipos mundanos, conocen los códigos para moverse en los salones; a trazo grueso parecen impecables, aunque si se afina la vista se puede detectar que el doblez del pantalón está algo corto, las medias raídas, al igual que los bordes del cuello de la camisa. Mi forma de humillarlos era enfilando hacia ellos. Verlos agazaparse con expresión felina. Pero cuando percibía la primera contracción del músculo para dar el zarpazo a una bruschetta capresse giraba para ofrecer la bandeja a otro grupo. Nada los irritaba más. Otras veces, sobre el final del evento, les ofrecía las mousses de maracuyá pasadas que habían sobrado de eventos anteriores. Incluso, en alguna ocasión, al descubrir en un botiquín un frasco de laxante, le agregué a ese postre las suficientes gotas como para arruinarles el regreso a sus casas. Los imaginé, en un goce solitario, retorcerse en el subte o en el colectivo, transpirar, doblarse en dos.

Hasta que llegó el final: durante la presentación de una nueva línea de heladeras, llevé al extremo la táctica del amague y la gambeta. Cambié de rumbo muy al límite y los manotazos de la Logia fueron a dar sobre el filo de la bandeja. El resultado: diez frascos de gazpacho volcado sobre sus camisas.

Lo que hubiese sido acaso un acto de justicia se transformó en una desgracia, ya que también salpiqué de rebote el saco italiano del director de finanzas. A la mañana siguiente, cuando iba a devolver el traje a la casa de alquileres que trabajaba con la empresa, me llamó el dueño para anunciarme el despido. “Te maté el hambre y me pagás así”, dijo. Un enojo ficticio para ahorrarse el pago de indemnización. De todos modos, me la cobré como pude: en la casa de alquileres de etiqueta, que frecuentaba a menudo antes de los eventos importantes, dije que devolvía uno pero me llevaba otro, mucho más costoso, como los que usan los famosos para una entrega de premios. Firmé el ticket a cargo de la empresa y volví a la pensión.

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3.
En el cuarto del hotel había hasta una pequeña heladera con bebidas y snacks. Pensé en quedarme allí, ir a la pileta que estaba en la terraza, como indicaba el folleto del escritorio, y después dedicarme a comer chocolates, en bata, mirando la TV. Llenar la bañadera, flotar allí horas, bebiendo una botellita de champán. Acaso pedir más. Pero decidí bajar al evento, para no despertar sospechas.

De regreso al salón, charlamos con Luzuriaga sobre la marcha de la compañía. De haber asistido a tantas presentaciones ya podía pasar por ejecutivo de una automotriz. Había aprendido qué es un Segmento B, qué es un SUV, podía hablar con holgura sobre la participación de mercado de las japonesas en la categoría de alta gama. “Las marcas, Luzuriaga, ya no vendemos autos. Vendemos emociones, experiencias. Y si no comprendemos que los clientes han cambiado y que debemos darles soluciones de movilidad, iremos a la extinción”, le dije, ya con dos copas de vino adentro. La combinación de una decena de palabras bastaba para ser gerente de Marketing, o Brand Manager, como me había autodesignado. Además, había hecho dos cuatrimestres de Publicidad en Perú. Una caja de herramientas para caer parado. Luzuriaga asintió, más tranquilo, acaso por descartar hacia sus adentros la opción de que yo fuera un impostor. El fantasma del telegrama, cada vez más lejos.

Ahora me deslizaba entre bandejas con la autoridad del local, del organizador, tratando de esquivar las zancadillas de la Logia del Canapé mientras de fondo Jean Paul Domaine relataba las virtudes del sedán y los planes de crecimiento de la marca en el país. Una vez finalizado el show, me topé con la conductora del evento, una rubia fantástica cuyo oficio principal pendulaba entre el modelaje y la participación en paneles televisivos. “Octavio Pizarro, Brand Manager Latin America and Caribe, recién llegado desde la casa central de San Pablo”, me presentó Luzuriaga, quien también pasaba por allí. Con la desinhibición que causa la ingesta de alcoholes, tuve el aplomo hasta para cruzar miradas con la rubia. La investidura del cargo me daba un atractivo que jamás había tenido en Buenos Aires, al menos en ese universo de cócteles.

Al instante se acercaron unos periodistas, que extendieron tarjetas personales e hicieron chistes de ocasión. Tras elogiar el auto para caer en gracia, encendieron sus grabadores. “Para nosotros es un placer presentar este sedán. En el futuro, lo recordaremos como un antes y un después, no solo para nuestra marca, sino para el resto de la industria. Además de mostrar una clara evolución respecto a su antecesor, tiene tecnologías superiores a todos sus rivales del segmento. Por eso confiamos en que pronto alcanzará posiciones de liderazgo en el mercado. Un equipamiento en seguridad sin precedentes, una imagen robusta y un diseño que denota movimiento aún cuando el auto está quieto. Además, lo último en conectividad, un ítem muy demandado en especial por las nuevas generaciones, que quieren más que un auto, que buscan sentirse comunicados con su entorno. El motor, moderno, permite reducir el consumo de combustible sin perder performance. Un guiño no sólo al bolsillo, sino también al medio ambiente, que requiere del compromiso de compañías y consumidores. Este sedán se posiciona como una alternativa superadora”. Una declaración redonda, que pronto los periodistas posteaban en las redes sociales. Las palabras de Octavio Pizarro, encomilladas.

Pronto se acercaron más reporteros, y entonces di entrevistas a diarios, canales de cable, blogs, sitios web, FM comunales. Una tropa nutrida que, en definitiva, posibilitaba camuflarse a la Logia del Canapé, aunque muchas veces no había demasiadas distinciones entre unos y otros. Los de la Logia, de lejos, gesticulaban indignados, pero habían recuperado los reflejos como para tomar al vuelo una cazuela de lomo Strogonoff.

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4.
Tras aquel despido infame sólo tenía deudas, unos pocos pesos y un traje. Esa misma noche, para despejarme, me lo puse y partí de la pensión en Once rumbo a los sitios de eventos donde solía trabajar como mozo. Aunque ahora, con el salto de calidad en la etiqueta y bien afeitado, podía parecer un dandy.

Los peruanos aquí no estamos tan encasillados como el resto de los inmigrantes latinos. No nos caben del todo el estigma de los bolivianos y paraguayos, ni las simpatías que despiertan los caribeños de Colombia y Venezuela. Estos últimos, además, están moldeados para Buenos Aires, la ciudad del chamuyo –como dicen acá–, del verso salvador. Los peruanos, siempre a mitad de camino. Si ganamos unos puntos en los últimos años fue gracias a los chefs que trajeron anticuchos, salsas huancaínas, ajíes de gallina. Hasta geográficamente estamos en el medio, y es entones la pinta, prejuicio elemental, la que nos pone en uno u otro lado. Mi físico de deportista y rasgos levemente orientales jugaban a favor. Además, como para versear era casi un porteño, un traje caro a los ojos del resto podía ser propio, no alquilado.

Con esa seguridad enfilé hacia Puerto Madero, donde en un dock frente al río una marca norteamericana presentaba una pick-up. Llegué a la recepción, alcé la mano como si fuera una ofensa que me preguntaran mi nombre y entré. Por supuesto, la Logia del Canapé estaba presente, duchos en la estrategia del saludoabrepuertas. No me reconocieron. “Un producto que combina fortaleza para atravesar los terrenos más hostiles con la comodidad de un auto premium. Porque los usuarios buscan un vehículo para satisfacer al mismo tiempo las necesidades del trabajo, el gusto por el manejo off road, pero también el confort para un largo viaje en familia. Hoy una pickup tiene que ser un producto versátil, tecnológico y confiable”, dijo el Gerente de Producto, de doble apellido. Mientras todos miraban el escenario, me dediqué a arrasar bandejas.

Volví caminando al Once, borracho y a punto de explotar.

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5.
Con cada copa me lucía más en las entrevistas. Hablé de desafíos, de autos más seguros porque hoy el cliente demanda un auto que cuide a su familia, y de un diseño aerodinámico que respete el ADN global de la marca, con líneas musculosas y un look deportivo, entre otras frases commodities que había escuchado en esos meses. También charlé con dueños de concesionarios y ejecutivos de consultoras, con quienes hasta intercambiamos números de teléfono.

Ya cerca del final del evento, Jean Paul me estrechó la mano. En un dificultoso español, me preguntó cómo veía el escenario en la región, a lo que respondí que no iba a ser fácil, que la turbulencia impedía una planificación certera, pero que había que aprender a convivir con lo imprevisto, que en la adaptación estaba la llave del éxito de las compañías que apostaran a América Latina. Eso lo había escuchado en una presentación de nuevos posgrados de negocios de una universidad privada. Jean Paul asintió. “Integesante”, dijo, en un infructuoso esfuerzo por pronunciar la erre. Los de la Logia del Canapé no salían de su asombro. Esa noche también se quedaron hasta el final del evento.

Subía a mi habitación cuando aquella empleada inexperta inquirió sobre el horario del taxi para el vuelo de regreso a San Pablo. Le dije que se despreocupara, bajo la excusa de una cita con un amigo de Buenos Aires. El tiempo que duró ese breve diálogo permitió que llegase al pie del ascensor la rubia. Apenas unos pocos teníamos cuarto asignado. “Te luciste, conducís muy bien un evento. Felicitaciones”, le dije. “Felicitaciones a vos, yo admiro la preparación que tienen y todo lo que saben. Y gracias por confiar en mi trabajo”, devolvió, con cierta timidez, mientras se abría la puerta. A qué piso vas, quinto, ¿quinto?, ah, mirá, yo también, qué casualidad, ¿habitación?, 501, no te puedo creer, yo tengo 502, estás para una trago, estoy cansada, pero dale, total, sí, total, unos minutos más no cambia nada, no, no cambia nada.

Tengo un difuso recuerdo de las primeras luces de amanecer iluminando a contraluz la espalda de la modelo. Habrá sido la última escena antes de dormirme.

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6.
Hay un universo de cócteles empresariales que transcurren de continuo en una Buenos Aires burbuja. Un mundo feliz, más liberal que libertario, de apariencias, de ventajas, de promesas, donde en líneas generales todos quieren congraciarse. Por ejemplo, si un CEO se indigna por las trabas a la importación, los invitados también se indignarán por las trabas a la importación. Pero si al día siguiente otro CEO reclama enardecido mayor proteccionismo y más aranceles a productos importados, el coro de invitados saldrá también a apoyar su reclamo. Eso lo aprendí relativamente rápido: es un manual de gestos. Asentir con la cabeza ante ciertas declamaciones, negar cuando son malas noticias, un esbozo de sonrisa cuando todos sonríen. Lo sabe bien la Logia del Canapé, que en esa mímesis aprovecha para dar brazadas entre bandejas. Sus miembros, además, suelen poner caras de aprobación ante cada bocado, pero no como quien cree que algo simplemente está rico, sino como quien levanta el pulgar a los ingredientes y sus combinaciones. Jurados, antes que comensales.

Esa fue mi gran estrategia para matar el hambre en días de desocupado; de alguna forma aprovechaba la indemnización. Ese traje evitó que más de una vez me fuera a dormir con la panza vacía, aunque pronto los eventos se transformaron en una obsesión. Hallar el cóctel, investigar productos, directivos, probables invitados me llevaba incluso más tiempo que buscar trabajo, tarea que por cierto tenía un tanto olvidada. Los eventos más atractivos eran los lanzamientos de autos, porque además de comer y tomar bien, siempre daban algún regalo. De tan multitudinarios, además, era fácil escabullirse. No tardé en convertirme en un as entre pinchos de pollo teriyaki y vinos reserva, que aprendí a degustar con cara de sommelier.

Pero la Logia del Canapé, como toda logia, no acepta así nomás a quienes llegan desde afuera. Me lo hicieron sentir primero con empujones. Después con amenazas concretas. Nunca me dejé amedrentar. Es la ventaja de no tener más que un traje. Otra vez, durante la presentación de un camión semipesado, se acercó quien parecía ser el líder, un petiso regordete, calvo y cincuentón. “Para esto hay que pasar desapercibido, y un extranjero nunca pasa desapercibido. Rajá, haceme el favor, por las buenas”, me dijo, poniéndome la mano en el hombro, con una sonrisa falsa, como si fuéramos dos colegas que se reencuentran. “La próxima no pasás”, se despidió, al tiempo que se llevaba a la boca un langostino macerado con chutney de mango.

A los dos días se presentaba el sedán europeo.

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7.
Desperté al mediodía, pero la rubia ya no estaba. En verdad fue un alivio, ya que con su ausencia evité mentiras difíciles de sostener. Hice el check out con la sola firma de un recibo y salí a la calle. A la media cuadra, mientras caminaba por una avenida, sentí un tironeo: desde una moto me arrancaban el saco que llevaba colgando del brazo. No llegué a reaccionar y en seguida sentí un ardor en la pierna. Al bajar la vista noté que me habían tajeado el pantalón. Vi a un hombre correr, perdiéndose en la muchedumbre del centro. Inalcanzable. Un mensaje claro y contundente de la Logia: sin traje no había eventos, ni canapés, ni tintos añejados en barricas de roble. También me arrojaron un papel, que levanté del piso con dudas. “La próxima no la contás. Desaparecé o sos boleta.”

Era el fin. Sentía una opresión parecida a la angustia, acaso porque se evaporaba un mundo ficticio, acaso por la obligación de salir a buscar trabajo. De todos modos, me tranquilizó pensar que de haber sido aquella la despedida, me había ido por la puerta grande.

Esa misma tarde, poco después del robo, mientras estaba bajo el ventilador de techo en la cama de la pensión, en ese colchón fino y doblado en las puntas, sonó el celular. A veces, los mismos que te cierran un camino te abren otro, sin saberlo. “¿Pizarro? Soy Claudio Beltrán, de la consultora Talentos, nos vimos en la presentación anoche ¿Se acuerda? Sé que está por volver a San Pablo, pero me gustaría que nos viéramos unos minutos, tengo una propuesta que puede interesarle”.

Le pedí el traje prestado a mi amigo mozo. A las cinco de la tarde, en una oficina de Retiro, aceptaba la oferta de Beltrán y me convertía en Gerente de Marketing de una automotriz china que acababa de instalarse en el país.

No es difícil truchar un currículum.

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8.
La ropa la compré con préstamos. Con el segundo sueldo dejé la pensión y alquilé un departamento en Palermo. Creo que fui un buen gerente desde el inicio y eso también se lo debo a mi jefe, el Director General de la empresa, Eliseo de la Huerta. Un tipo amable, sin humos pese a su MBA en Stanford, que aportó cuanto pudo en esos meses para que yo fuese mejor, acaso por una vocación docente, de dejar un legado a sus casi sesenta años. Preparar, lentamente, a alguien que lo sucediera cuando decidiese el retiro, para terminar sus días jugando con los nietos en un jardín en Pilar. Un mentor, como decimos en la jerga corporativa.

Sin embargo, no me alcanzaba con llevar firme las riendas del área. Había algo que no me dejaba disfrutar del cambio de vida. Completé el sentido de ese vacío una tarde en una farmacia, al escuchar a una anciana pedir laxantes. Comprendí la necesidad de despejar posibilidades de ser descubierto. O tal vez haya sido una simple sed de venganza. En definitiva, sólo requería mozos aliados y controles poco rigurosos en el evento planeado para la semana siguiente, cuando daríamos a conocer los nuevos SUVs, referentes en China por el uso de materiales de alta calidad, excelentes terminaciones y tecnología innovadora, como tenía anotado para mi speech.

“Amigos de la prensa, es un gusto presentarme ante ustedes, una marca nacida en Beijing, que comercializa cinco millones de unidades al año llega al país para revolucionar el mercado argentino”, comencé con el discurso inicial. La Logia del Canapé, ahora, proyectaba admiración. Devolví la mirada mientras decía al auditorio que en Argentina “hay lugar para nuevos jugadores”. Una forma de darles entender que podíamos convivir, que nuestros negocios ya eran paralelos. Describí cada vehículo y también a nuestros potenciales clientes (“amantes de la vida sana, intrépidos, con ganas de progresar y de construir un futuro sustentable”) y terminé mi locución entre aplausos, todavía sin presupuesto para animadoras rubias.

El evento fue un éxito. Contrarreloj, cuando muchos comenzaban a retirarse, se corrió el telón para el acto final. El mozo, mi primo, se dirigió hacia la ronda que formaban los de la Logia. Llevaba mousse de maracuyá con una dosis de veneno, la justa para actuar una hora después de la ingesta, mientras estuvieran de camino a sus casas. Desde mi platea los vi agazaparse con mirada felina, contraer los músculos para el zarpazo, como tantas otras veces.

“Qué pinta tiene esto”, se interpuso de la Huerta, exultante por lo bien que había salido la presentación. Pensé en correr para detenerlo, pero en el desconcierto no hice más que mirar la secuencia, inmóvil. Mi entonces jefe se comió la mousse en cinco cucharadas.

Los de la Logia del Canapé, acaso por la experiencia acumulada en cientos de cócteles, le hicieron un desaire a mi mozo. Se fueron en fila hacia una mesa lejana, donde se acumulaban brownies y cheesecakes de dulce de leche.

A.B.
* Nació en Buenos Aires en 1980. Es comunicador social y periodista. Recientemente publicó su tercer libro, “Un muerto en el baúl”, por Ediciones Corregidor. La novela fue finalista del Premio Ateneo de Valladolid, el segundo más antiguo de España en el género. Trabaja en Ámbito Financiero desde 2009 y colabora con otros medios como MiuraMag, La Nación, Perfil y distintas radios.

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“La Logia del Canapé”, ilustración de Luis Ferrera.

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Ariel Basile es autor de los libros “Un muerto en el baúl”, “Trabajos de oficina” y “Por la banquina”. 

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